Hoy mi indignación se dirige hacia la situación de la anciana María. Me han dicho que hay muchas Marías e incluso en situaciones mucho más difíciles pero ésta me toca de cerca. María podría vivir con su pensión (afortunadamente  envidiable) con anciana mucha dignidad si no fuese porque hay una familiar avispado que se le administra, con poca maestría (todo hay que decirlo). De sus ahorros nunca más se supo. Y María tiene que mendigar sus  pañales, unas  monedas para un café o para disfrutarlas como a ella más le gusta, con la gente. Y María duerme sobre un colchón con rastros inequívocos de haber limpiado sus escapes porque su “tutora” no se ha  dado cuenta de  que necesita un protector. Y a María la cambian sobre unas bolsas de plástico de la basura porque tampoco han caído en que es necesario para evitar que traspase o que el aceite que utiliza se  acumule a toda la  suciedad precedente. A María no le cortan el pelo, a pesar de que su cuidadora así lo reclama para que le crezca y hacerle un moño monísimo; un servidor cree que la razón final es que es más  barato que la  peluquería una vez cada dos meses. Parece que su “hija” no ha pensado en que el pelo largo hará más incómodo el lavado, más pesado el secado y desenredado. María no tiene una mesa a su altura para  comer, y  tiene que inclinarse sobre una mesa baja de comedor o su cuidadora tendrá que darle la comida, limitando su movilidad. A María, su “hija”no la ha sacado a pasear ni una sola vez hasta el momento  presente. María  tiene una pierna visiblemente dañada desde hace más de una semana y nadie ha reparado en ello.  María, sin embargo, como los niños, se aferran a la persona que la “cuida” intentando minimizar  sus carencias a  pesar de que a todas luces no hay, me duele decirlo, ni un ápice de amor en sus actos.  Y María aún tiene suerte, hay una mujer extranjera que apenas habla nuestro idioma que por 650 euros la  atiende, limpia su  casa (y repara, poco a poco, la falta de aseo acumulado), y pasea y atiende a su perro durante 23 horas al día durante 6 días y medio a la semana. Por supuesto, sin contrato.

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