Dícese de aquellas personas que ejercen un cargo político en una concejalía o ministerio del que no han tenido formación ni experiencia para ostentar dicho cargo. A saber: un concejal de cultura que no ha conseguido ni siquiera la secundaría (que a día de hoy forma parte de las enseñanzas mínimas en nuestro país, una ministra de trabajo cuya trayectoria profesional se limita a diferentes cargos dentro de su partido. teatro Una ex-consejera de una caja que reconoce que no tiene conocimientos de economía, un ex-secretario de estado con un currículo construido a fuerza de tipex… son sólo algunos ejemplos de los no pocos que pueblan nuestras instituciones. No cabe duda de que el desequilibrio es grande. Mientras nuestro mercado laboral exige a un formador “experiencia de al menos X años en formación de habilidades sociales en empresas del sector farmacéutico” dando a entender que un profesional, con un montón de años a la espalda, en diversos sectores (menos precisamente en éste, ¡Vaya, hombre!) no estuviese sobradamente capacitado para impartir este curso. Un orientador laboral con experiencia y formación en el colectivo X, y que ahora todos se empeñasen en que los profesores de idiomas han de ser nativos-bilingües cuando hace unos años, algún cliente “caprichoso” se empeñaba en solicitar uno con éstos y los que ahora seleccionan personal le trataban de snob o de no entender que es preferible un profesor con habilidades pedagógicas a un nativo sin más.

En fin, hay una brecha importante y  desesperanzadora entre él/ella y yo que no superaré con mis múltiples cursos de actualización y diversificación y ampliación de contenidos. La clave no esta ahí, me temo…

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