Hoy me he acercado a uno de los supermercados más conocidos y frecuentados de cualquier mediana o gran cuidad. He decidido endulzarme un poco la vida y saltarme la dieta de gimnasio casero y comprar unas tabletas de chocolate. Se respira ambiente navideño y hoy me salto los espacios dedicados a productos de descuentos y ya saboreando un trocito de felicidad, sin remordimiento alguno.

Parece que la vida me sonríe y sale a mi encuentro una de esas ofertas en las que si te comprar 2 tabletas te regalan un tubo de leche condensada. “Demasiado para mí” -me digo- “pero a mis hijos les encantará”. Dispuesto al dispendio me propongo aceptar de buen grado la oferta perfectamente empaquetada en la que destacan en letras grandes (y atractivas) “gratis” en referencia al dulce producto.

No sé si por el hábito adquirido durante este largo periodo de paro en el que comparo los precios y he desarrollado un receptor especial para las ofertas o por alguna extraña fuerza, aparezco en la estantería en la que se encuentran habitualmente los chocolates, comprobando el precio de las unidades de la ?????????????????????????????misma tableta que tenía por pares en mi mano. Curiosamente, me doy cuenta de que el precio de cada unidad es inferior al que me ofertan con el “regalo” añadido. Quizá esté equivocado, así que compruebo que realmente se trata del mismo producto y la misma cantidad. Y sí, no hay duda. Veo a un reponedor y le pregunto a qué se debe esta circunstancia y si habría algún error.

En el fondo me lo temía. No hay error. Le hago ver que este hecho tiene todos los visos de ser un engaño a lo que contesta con total naturalidad, a pesar de su juventud: “Eso parece, pero es que todas las ofertas son mentira…” Y así parece que son las cosas normalmente. Pero se da el caso de que formo parte de ese conjunto de personas, cada vez más numeroso, que le ha dado por no callar, por intentar que las cosas cambien y que dejemos de reaccionar con naturalidad ante aquello que sabemos que no está bien.

Espero que no con alma de Quijote,  sino como granito de arena que finalmente ayudará a construir la playa, me voy a atención al cliente para elevar la queja correspondiente. Allí me informan de que ellos no son responsables ya que los precios vienen fijados por el propio fabricante. “¡Pobre disculpa!” -me digo. Si ellos son conscientes del error y lo mantienen, entran a formar parte del mismo engranaje ponzoñoso.

Y es que vivir el día a día de la mano DE situaciones de dudosa moralidad, sean estas del tamaño que sean, nos inmuniza frente a las mismas, minimizándolas hasta el punto de considerarlas normales e incluso acompañándolas con una media sonrisa de condescendencia. Y es aquí donde algunos gritan ¡No! queremos limpiar la casa. Tanto el salón, donde recibimos las visitas, como el trastero.  Y aquí es donde sale a flote la necesidad de un cambio de mentalidad profundo de la sociedad y de una educación exquisita en la que el valor de la honradez realmente salga del papel y las bocas y esté dispuesto a vencer.

Anuncios